Octubre toca a su fin y el otoño lo envuelve todo. Se ha hecho costumbre en esta época del año, cuando caen las hojas de los árboles y la naturaleza parece despojarse de su aspecto vital, volver la mirada hacia las historias que nos asustan. Entre los cristianos existe el comprensible impulso de rechazar por principio el género de terror, puesto que buena parte de la Escritura exhorta a no temer. Sin embargo, el terror puede servir a fines más altos que el de aterrorizar sin más a su público.

En primer lugar, el miedo, como emoción humana, no tiene nada de malo en sí mismo. Nuestra vida es buena, y el instinto de protegerla del peligro responde a un fin legítimo. Ahora bien, como el resto de nuestra naturaleza herida, ese instinto puede desordenarse. Tal como explica santo Tomás de Aquino, el miedo se vuelve pecaminoso cuando nos lleva a renunciar a un bien mayor para evitar un mal menor: cuando, por ejemplo, traicionamos la verdad para conservar nuestra comodidad o incluso la vida. El propio Cristo sintió angustia en Getsemaní, y aun así se sometió plenamente a la voluntad del Padre. La valentía no exige que no sintamos nada ante el peligro, sino que obremos rectamente a pesar del miedo. En definitiva, debemos temer más la corrupción del alma que la destrucción del cuerpo, como enseña Nuestro Señor en Mateo 10, 28. Una buena historia de terror puede ayudarnos a afrontar esta distinción con la imaginación y mostrarnos tanto lo que merece ser temido como lo que merece la pena sufrir por defenderlo.