Hay una diferencia fundamental entre la oración y casi cualquier otra actividad. En primer lugar, la oración puede acompañar cualquier otra actividad – o, dicho de otro modo, toda buena acción puede ofrecerse como una forma de oración. No hace falta estar haciendo algo especialmente piadoso. Podemos ofrecer para gloria de Dios el trabajo de cada día, o incluso algo tan sencillo como atarnos los zapatos.
Orar, al fin y al cabo, es entrar en comunión con Dios. ¿Cuántas veces vemos a personas hablando por teléfono en público, con algún discreto dispositivo en los oídos? Los cristianos lo tenemos aún más fácil: llevamos a Dios en el corazón y podemos hablar con él dondequiera que vayamos, independientemente de lo que estemos haciendo con las manos.















