Muchos de mis hijos no se conforman con los juguetes. Quieren jugar con «cosas de verdad». Uno de ellos ha llevado esto un poco demasiado lejos últimamente y quiere correr por la calzada entre los vehículos. Este año pudo cumplir su deseo en la festividad del Corpus Christi: mientras asistíamos a la procesión tras la misa en un pueblo cercano, vio cumplida su ambición de andar por donde normalmente circulan los coches (aunque luego hubo que apartarlo, indignado, del tráfico que se acercaba).

Entiendo perfectamente esa fascinación arrebatadora: yo también querría acercarme todo lo posible a los vehículos más emocionantes, ver despegar aviones y oír rugir los motores. Al observar jugar a mis hijos, me impresiona la absoluta seriedad con la que se entregan a ello. Un niño sabe cuándo le están dando gato por liebre y, desde cualquier edad, nota que le niegas acceso a los Grandes Poderes, como las herramientas eléctricas.