En 1811, dos soberanos europeos se encontraban impedidos para gobernar con normalidad. El rey Jorge III había quedado incapacitado por la enfermedad, y el Parlamento nombró príncipe regente a su hijo para que reinara en su lugar. El papa Pío VII, por su parte, era prisionero de Napoleón, que lo había hecho secuestrar del palacio del Quirinal, en Roma, dos años antes. Pero la Iglesia católica no tenía príncipe regente. Pío siguió siendo papa durante todo su cautiverio y se comunicaba con el exterior mediante cartas que lograban burlar a sus guardianes franceses. No dejó de resistirse a los intentos de Napoleón de someter la Iglesia al control imperial, y en 1814 pudo por fin regresar a Roma.