El verano tiende a instalarnos en la comodidad y la complacencia, pero la Cuaresma de San Miguel –desde la fiesta de la Asunción hasta la de San Miguel– nos recuerda que la vida cristiana exige renunciar deliberadamente a nosotros mismos y que pertenecemos a Cristo en cuerpo y alma. Es una oportunidad maravillosa para volver a centrarnos en lo que más importa: aprender a rezar con todo nuestro ser, mente, cuerpo y alma.

El año pasado tuve la maravillosa oportunidad de unirme a un grupo de hombres de nuestra parroquia para observar la versión de 40 días de la Cuaresma de San Miguel, del 12 de agosto a la fiesta de los Arcángeles, sin contar los domingos. Muchos aspectos de aquellos 40 días me resultaron edificantes, pero la disciplina que me pareció más difícil de lo que esperaba –y más gratificante precisamente por su dificultad– fue la hora santa de vigilia semanal de 2 a 3 de la madrugada.