La semana comienza con la memoria de san Wenceslao, martirizado por su propio hermano en la lucha por el trono de su Bohemia natal. Solemos recordarlo en Navidad por el famoso villancico que celebra sus huellas milagrosas en la nieve, pero también destaca por su capacidad de perdonar. Para este día contamos con una interesante meditación de san Francisco de Borja, que retoma el pasaje en el que Jesús señala a un niño en el Evangelio del día (Lucas 9:46-50).
Si es cierto, pues, que la humildad nos eleva hasta la posesión de Dios, ¿no es razonable que nos aferremos a su práctica con el mismo ardor con que un náufrago se aferra a una tabla, para salvarnos de los peligros a los que esta miserable vida nos expone sin cesar y llegar al fin, por la misericordia de Dios, al puerto de la vida eterna?















