Cuando me enteré de que Lindsay Clancy había estrangulado hasta matar a sus tres hijos con bandas elásticas de ejercicio, me quedé horrorizada. Entre el millón de preguntas espantosas que se agolpaban en mi cabeza –a cuál de los niños mató primero, si los demás presenciaron la muerte de sus hermanos, cuánto tiempo tardó–, me resistía a creer que una madre pudiera hacer algo tan atroz a sus propios hijos.

Entonces vi cómo las teorías conspirativas inundaban internet: según ellas, Patrick Clancy había asesinado a los niños y había convencido de lo contrario a Lindsay, que padecía una enfermedad mental. Los creadores de contenido se explayaban sobre lo precipitado de la nueva boda de Patrick Clancy; sobre cómo había obtenido más de un millón entre seguros de vida y demandas desde los asesinatos; y sobre el hecho de que no derramó ni una lágrima durante las vistas en las que se describieron las espantosas muertes de sus hijos. De repente, mi muro de Instagram se llenó de la infame tendencia «Yo también, Lindsay», que, de forma inquietante, tiene cautivadas a las mujeres estadounidenses.