La fiesta de san Miguel Arcángel o bien nos invita a adentrarnos en el mundo del espíritu y de lo sobrenatural, o bien se convierte, en esencia, en una embarazosa celebración nostálgica de una cosmología obsoleta que, a ojos de los modernistas, amenaza con restar legitimidad a la fe en lugar de infundirle nuevo vigor.
Quienes no conocen la etimología ni el hebreo quizá estén tan acostumbrados al nombre de Miguel que no reparen en que encierra una pregunta teológica. Pero deberían hacerlo, porque esa pregunta llega a la raíz de la lucha por forjarse una identidad en el mundo que sea plenamente humana y esté plenamente dotada de alma.









