Los biógrafos de san Francisco de Asís suelen referirse a él como un «hombre angélico». No debemos malinterpretar ese apelativo. El pobrecillo de Asís tenía los pies bien puestos en la tierra: nació en un establo, estaba atento a la alabanza de los elementos y sabía comunicarse con los animales. Sin embargo, quizá su capacidad para percibir los movimientos ocultos de la creación y orientarlos hacia su Creador nacía precisamente de un dominio angélico de su propia naturaleza. Como los ángeles, permanecía en una actitud inquebrantable de alabanza, incluso durante la noche, conformando todo su ser a Dios.