Esta semana se cumplen cuarenta años del estreno de The Mission en los cines del Reino Unido. Dirigida por Roland Joffé y protagonizada por Jeremy Irons y Robert De Niro, con una de las mejores bandas sonoras jamás compuestas para el cine, narraba la historia de unos misioneros jesuitas en la Sudamérica del siglo XVIII, atrapados entre su deber para con la Iglesia y unas potencias coloniales decididas a destruir las comunidades que habían fundado.
A principios de este año escribí sobre la huella que me dejó la película de niño: la escena en la que el padre Gabriel, interpretado por Irons, trepa hasta lo alto de las cataratas del Iguazú y se adentra solo en territorio guaraní. Saca un oboe y empieza a tocar, y los indígenas salen del bosque, sin saber si matarlo o escucharlo. Aquella escena despertó en mí el deseo de ser jesuita. Al volver a verla cuarenta años después, me sorprenden la belleza con la que está realizada y lo insólito que resulta hoy que una gran producción cinematográfica se tome tan en serio el catolicismo.















