En Francia, protestar es casi un deporte nacional. Eso lo sabe todo el mundo. Pero lo que vimos el sábado en todo el país fue violencia, saqueos, destrucción y rabia.
La magnitud de los disturbios fue considerable. Según el Ministerio del Interior, unas 550.000 personas participaron en las manifestaciones celebradas en todo el país el sábado 17 de octubre, mientras que los organizadores elevaron la cifra a más de 800.000. El domingo, las autoridades daban cuenta de unas 1.800 detenciones y de cientos de policías, gendarmes y bomberos heridos. Los daños saltaban a la vista en varias ciudades: en París se destrozaron escaparates, se incendiaron vehículos y se saquearon comercios; en Lyon ardió una oficina de turismo, y en Limoges unos incendiarios prendieron fuego al ayuntamiento, un edificio del siglo XIX. Cientos de negocios se vieron afectados, y la federación del comercio calcula que alrededor de 1.500 tiendas sufrieron daños. Aunque las cifras eran todavía provisionales, conviene distinguir entre la magnitud de las manifestaciones y la violencia cometida al margen de ellas. Muchos salieron a la calle para expresar sus quejas; quienes recurrieron al incendio, al saqueo y a los ataques contra bienes públicos son responsables de sus propios actos. Las autoridades atribuyeron parte de la violencia a grupos radicales de extrema izquierda y a delincuentes oportunistas, si bien las circunstancias concretas y la responsabilidad en cada incidente aún deben esclarecerse.














