Desde que la descubrí en mis años de instituto, la misa de réquiem ha sido mi liturgia romana predilecta. En ella se reúnen los misterios que acompañan la vida humana de principio a fin: el dolor por lo perdido, la esperanza de algo mejor en el más allá, la promesa de la recompensa en Cristo, la súplica de perdón y la terrible posibilidad del infierno. Hay consuelo en mirar cara a cara nuestra mortalidad en un marco tan hermoso. He aquí una pena tan dulce como la risa. El réquiem nos enseña a afrontar la muerte con valentía cristiana. Algo de esa valentía debería tener también Halloween.