Ante el comienzo de un nuevo curso escolar, conviene recordar que «escolarización» y «educación» no son sinónimos. Hay muchos colegios en los que apenas parece impartirse educación, y muchas personas con una sólida formación que apenas han pisado un colegio. Deseo lo mejor a quienes intentan educar a los niños en los centros escolares, pero hay que reconocer las desventajas inherentes a esa tarea, por mucho que algunos centros consigan superarlas. A los colegios les resulta muy difícil adaptar la enseñanza a las necesidades e intereses de cada niño; hoy en día, la formación del profesorado se centra más en la ideología educativa que en las materias que supuestamente debe enseñar; el entorno escolar tiende a producir personas conformistas, reacias a asumir riesgos e incómodas en compañía de adultos; algunos centros tienen dificultades incluso para garantizar la seguridad física de los alumnos a su cargo, y mucho más para crear un entorno ideal para el aprendizaje; nadie en un colegio tiene con los niños el vínculo que tienen sus padres y, obviamente, carece de las gracias que el sacramento del Matrimonio concede a estos para educar a sus hijos en el temor y el amor de Dios.