La paz no es principalmente la ausencia de conflicto, sino, como dice san Agustín, «la tranquilidad del orden». La Escritura revela que el desorden en la sociedad tiene su origen en el desorden del corazón humano. Por tanto, ninguna paz social duradera puede ser fruto de la ingeniería social o de la negociación. La verdadera paz comienza con la reconciliación del hombre con Dios, que ordena el alma mediante la caridad, y desde ahí puede comenzar la sanación de las familias, las comunidades y las naciones.