Escribir sobre el «ayuno» de un año de charlas y conferencias públicas que se ha impuesto el padre Chad Ripperger resulta difícil cuando no se sabe qué llevó exactamente a su ordinario, el arzobispo de Denver, James Golka, a pedírselo. En cualquier caso, todos podemos aplaudir la docilidad con que el padre Ripperger ha acogido esta petición, que trae a la memoria la disposición de sacerdotes santos como san Pío de Pietrelcina («el padre Pío»), entre otros, a someterse a restricciones en su labor incluso cuando parecían injustas. En este caso parece razonable suponer que monseñor Golka respondía a la inquietud que algunos han manifestado ante la costumbre del padre Ripperger de citar fragmentos de información que, al parecer, le habrían revelado los demonios a los que exorcizaba. Resulta llamativo que el arzobispo, exorcista él mismo, no haya puesto fin al ministerio de exorcismo del padre Ripperger, sino solo a que hable de él en público.