La Iglesia siempre ha tenido el arte en gran estima. Más que una mera cuestión estética, es una valiosa herramienta de enseñanza. Gracias a los artistas, generaciones de cristianos han conocido las Escrituras. Los ángeles, sin embargo, plantean un desafío desconcertante al artista católico.

La Escritura no rehúye describir a estos emisarios divinos en toda su majestad, aterradora y a la vez sublime. Están las columnas de nube y fuego, los serafines de múltiples ojos que arden sin consumirse y los temibles querubines, semejantes a quimeras, sobre los que avanza el carro de guerra de Dios. Pero la Escritura tampoco retrata a los ángeles únicamente con esa grandeza. También están los tres desconocidos que comparten una comida con Abraham, el misterioso y esquivo Rafael que guía a Tobías y las apariciones casi absurdamente sencillas de los dos hombres vestidos de blanco que reprenden a los Apóstoles por quedarse mirando boquiabiertos la Ascensión de Jesús.