Este mes se cumplen veinte años desde que Richard Dawkins publicó The God Delusion, un libro que contribuyó a convertirme en ateo. Por entonces era un escolar católico y, como tantos otros de mi generación, no tardé en descubrir los debates ateos en YouTube. Mirara donde mirara, hombres inteligentes y elocuentes explicaban por qué el cristianismo era un disparate, y los propios cristianos nunca parecían capaces de responderles.
Dawkins no estaba solo. Junto con Christopher Hitchens, Sam Harris y Daniel Dennett, formaba parte del grupo conocido popularmente como “los cuatro jinetes del nuevo ateísmo”. Los acompañaba un elenco de intelectuales de gran presencia pública, entre los que Stephen Fry era quizá el más entretenido. Todos eran ingeniosos, seguros de sí mismos y a menudo desdeñosos con la religión, y a un adolescente que nunca había encontrado una defensa seria de la fe le resultaba difícil resistirse a ellos.















