Como periodista católico, a veces me asalta una sensación de extrañeza que sin duda resultará familiar a cualquiera que, sin estar en ese momento “abrasado por el amor de Jesús”, acuda por invitación de otra persona a una reunión cristiana evangélica especialmente entusiasta. Se percibe una actitud de aprobación casi omnipresente. Los rostros se ocultan tras una pétrea fachada de inmutable positividad y llevan grabada una alegría inquietantemente vacía, en apariencia artificial. Cuesta identificarse con la actitud de quienes te rodean. A veces, incluso, te asalta la impresión de que no viven en el planeta Tierra.