Algunas corrientes del activismo de izquierdas combinan una confianza inquebrantable en su propia rectitud con el recelo hacia las normas morales que pretenden obligar a todos. Hay disposición a trastocar la vida ajena en nombre de la justicia, pero a menudo menos voluntad de examinar qué exige realmente esa justicia. Los medios de comunicación actuales fomentan esta prisa febril por juzgar y desalientan la reflexión moral serena. De hecho, la propia idea de que la razón puede descubrir verdades morales que obliguen a todos suele despertar suspicacias. Y, sin embargo, las condenas morales tajantes no cesan: nos estamos convirtiendo en una generación de relativistas dogmáticos.